La divulgación científica ha cambiado de arriba abajo en la última década: nuevos canales, nuevos formatos y nuevos comportamientos en el público consumidor de ciencia.
Y, aun así, muchos grupos de investigación siguen comunicando como si Instagram no existiera, como si los vídeos no importaran y como si la sociedad civil fuera un público secundario, pese a que suele ser la principal beneficiaria de los hallazgos… y también quien, directa o indirectamente, los financia.
En este artículo planteamos una reflexión sobre la urgencia de romper esa inercia: conectar ciencia y sociedad no es un “extra” simpático ni una tarea para cuando sobre tiempo, sino una prioridad transversal para cualquier investigador que quiera que su trabajo tenga impacto real. Y no hablamos desde la teoría: hablamos desde la experiencia.
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